Martes, 06 de Marzo de 2012 18:38
Escrito por Silvio Maldonado/Núcleo Informativo
“Fraternidad del Santo Madrazo”
Uno de mis amigos, Catarino Buendía, me llamó con urgencia a su domicilio: había sufrido una caída y se golpeó, como martillazo, en la porción posterior (occipucio) del cráneo.
“Sonó el teléfono -me contó-. Yo estaba en la ducha, casi terminaba. Salí corriendo a contestar y me resbalé. Mi pie derecho le atinó a la parte más brillante del piso de la sal y salí como volando de espaldas, hacia atrás. Mi cabeza pegó como pequeño marro golpeando sobre el embaldosado de la sala. Mi brazo izquierdo, golpeado en resbalón igualmente sobre el piso, salió con una cortadura transversal de 10 centímetros de longitud, sobre el codo. No sentí más, ni perdí el conocimiento, pero me quedé atarantado contemplando el techo y meditando, cómo se me ocurrió salir corriendo a contestar. Luego me recuperé. Fue entonces cuando me di cuenta que ni alcancé a tomar la bocina telefónica, y por lo tanto no supe quién fue el o la que hizo la llamada. Después me comuniqué contigo para que me hicieras un recuento de los daños”.